Historias extraordinarias: la ficción ha muerto, que viva la ficción




Historias extraordinarias, ese descomunal tiro al aire de la factoría de Mariano Llinás, propone desde el principio o incluso antes una apología de la desmesura, prepea al espectador con el anuncio de sus 245 minutos, separados en tres bloques narrativos de hora y veinte cada uno con dos intervalos para pelear con la extenuación. “¿Qué tiene que contar, que le va a llevar tanto tiempo?” se pregunta uno antes de tomar la decisión de pasar cuatro horas y media mirando, saliendo a hacer pipí o pedir un café, y luego volviendo a entrar. La pregunta es central al proyecto de Llinás, es quizá el disparador del proyecto mismo. Porque la narración de Historias extraordinarias no termina yendo a ningún lado, la bala se pierde en el aire, queda la conmoción por el estruendo. Lo importante, entonces, no es tanto la historia sino la posibilidad de contarla y el gusto por hacerlo: contar porque sí, porque interesa y divierte, todo lo posible hasta que el otro pida basta, ya está, no quiero más, terminala de una vez.

El punto exacto, el límite del interés, llega –al menos para mí- pasadas las tres horas de proyección, cuando el compañero de aventuras de H, encerrado con él en una cárcel, insiste en contarle una nueva historia a su amigo extenuado y somnoliento. “Otra más no” le dice H –cito de memoria-, “quiero dormir”, a lo que el otro responde que no, que tiene que oírla, que es una historia increíble y que le cambió la vida cuando se la contaron, o algo así. Y mientras el baqueano le dice eso a H, es como si Llinás se dirigiera a nosotros: “ya sé que todavía no resolví la película, quédense tranquilos, ahora van a ver…” Porque hasta ahí nos ha contado a la vez tres historias con protagonistas diferentes, todas interesantes de por sí, apasionantes incluso, pero sin más puntos en común que transcurrir por rutas cercanas del interior de la provincia de Buenos Aires. Cada vez que uno imaginó que las historias van a empezar a cerrarse, a cruzarse entre sí, Llinás ha abierto nuevas puertas hacia otros relatos que surgen dentro de los tres principales (una vecina en el hotel; un atraco fallido; la vida de un arquitecto delirante; la desaparición de una mujer), y la dimensión de la película -245 minutos, nos decimos ahí en la butaca- parece indicar que todo en algún momento va a empezar a unirse, cobrar sentido más allá del interés particular en cada una de las piezas. Estamos cansados. Nos han prometido un caramelo, estamos llegando al fondo del tarro y no hay nada. Entonces nos dicen “no, pará, no te imaginás lo que viene, es buenísimo…” Ya jugados, nos contorsionamos en el asiento para atender la revelación. Y entonces… César, el compañero de H, César/Llinás, (nos) cuenta la historia de los jolly goodfellows. Otro decurso inaguantable, suspenso eterno, el máximo estiramiento posible de un acontecimiento por venir… que resulta ser una pavada. Recién ahí se revela lo gigantesco de la broma. Esto es el cuento de la buena pipa, tan viejo que lo habíamos olvidado, pero todavía efectivo.

El cuento de la buena pipa no tiene final, sólo hace evidente la posición asimétrica de contador y oyente: el contador tiene algo que el otro quiere saber o cree que le interesa, pero que nunca llega. El contador le está diciendo al oyente: “te cagué, perdiste tu tiempo, yo tengo la rienda y vos viniste al pie”. Es una burla.

Sin embargo, no salimos enojados de la película. Las tres horas anteriores nos habían devuelto una expectativa que hacía tiempo no experimentábamos con el cine argentino. Una excitación comparable, hay que decirlo, a la que provocaban las historias de aventuras cuando éramos niños. Un reencuentro con el cine de peripecias, la pulsión del género. Llinás ha recuperado para nosotros el territorio de la aventura… pero por un rato, para después tirar de la alfombra y escamotearlo de debajo de nuestros pies.

¿Por qué lo hace? Básicamente, parece decirnos, porque era imposible concentrar nuestra atención de otra manera.


* * *

La aventura es un código narrativo que hemos transitado cientos o miles de veces en nuestra vida de lectores-espectadores. Piratas, vaqueros, detectives y soldados nos han enseñado ese terreno al dedillo; cualquier mayor de edad puede adivinar cómo va a terminar una historia de ésas, incluso por qué camino. A partir de ahí sólo nos queda ser algo complacientes, nostálgicos, posmodernos, frente a la nueva maquinación cinematográfica que intente ese camino (en Los cazadores del arca perdida, Spielberg comenzó una nueva veta que incorpora a ese espectador veterano con guiños especialmente destinados). Las historias de aventuras son consideradas cultura juvenil, incluso infantil –de Stevenson a C.S. Lewis, pasando por el hobbit de Tolkien- no por una discriminación ideológica ni porque se denigre a sus autores, sino porque nunca más vamos a asombrarnos como lo hacíamos a esa edad. Son experiencias irrepetibles, que uno recuerda toda la vida. Yo nunca voy a olvidar cómo seguí, a los diez años, el texto completo del Miguel Strogoff de Verne –un ladrillo importante- con la ayuda de un atlas abierto en el mapa de Rusia, marcando con el dedo el recorrido del correo del zar, mientras leía tirado en el patio de una casa marplatense. (Mientras escribo esto, puedo sentir el sol del verano calentando las baldosas.) O el primer capítulo de La isla del tesoro, esa mezcla de temor y avidez que me anunciaba el comienzo de una experiencia extraordinaria (el comienzo de esa novela debe ser el más maravilloso escrito jamás; aún hoy me deslumbra, así como la ingeniería de Stevenson en esa novela, a la que volveremos).

Uno busca en un libro, o una película, o una historia oral, eso que no conoce: lo distinto, lo exótico, lo lejano. Y cada vez que nos entregamos a leer-mirar-escuchar una nueva historia, se levanta una apuesta entre contador y oyente: “a ver si me sorprendés” dice uno, “no vas a adivinar” piensa el otro. A medida que crecemos, las sorpresas son cada vez menos, necesitamos algo más; el placer se vuelve intelectual, resignado, paciente.

Pero hete aquí que Llinás nos dice “no, yo te voy a llevar de nuevo al pasado”, al tiempo en que todo era nuevo. Lo dice desde el título de su película, la archisabida duración, los créditos que anuncian varios directores de fotografía, incluso ¡varios narradores! “¿Qué es esto que necesita de varias voces en off?” Uno entra en el film con todo ese bagaje. Y Llinás abre con una escena memorable y mimética: el encuentro de un personaje gris, mediocre, es decir alguien como nosotros, con la Aventura. “No importa la profesión de X” dice el narrador, “lo que importa es que no es ni escritor ni arqueólogo ni ninguna de esas profesiones que despiertan interés en su interlocutor”. Ni siquiera tiene nombre: no lo merece. X es uno de nosotros.

X presencia una especie de transacción clandestina que sale mal, hay tiros, se encuentra de golpe en posesión de un extraño maletín. Empieza la aventura. Algo parecido ocurre en las otras dos historias principales: Z descubre la vida secreta de su antecesor en un trabajo rutinario; a H le encomiendan una misión que no comprende.

Claro, desde el principio estamos divididos, como antes, entre las ganas de creer que vamos a ser sorprendidos por la historia y el mecanismo de boicot que nos lleva a intentar adivinar lo que sigue, cagarle el chiste a Llinás. Esto ocurre siempre y el talento del narrador consiste en sostener el interés hasta el final. Pero es muy difícil que no nos anticipemos al cierre de la historia: lo hemos visto ya muchas veces, estamos entrenados. Por eso Llinás hace un farol: la historia no cierra. Él sabe que en cuanto empiece a cerrarla, la película perderá interés (con lo cual admite, y esto es importante, que ya no se puede contar de esa manera, volver atrás).

Lo que hace es abrir la historia más y más, con nuevos personajes y subtramas, cantidad de datos suministrados a gran velocidad por los narradores; para desorientarnos, confundir. Tres historias en vez de una, con lo cual creemos que en algún momento pueden unirse y el abanico de posibilidades es mayor. Su apuesta es ver cuánto tiempo vamos a dejarnos engañar. Y cuenta con una ventaja fundamental: nuestras ganas de creer, como cuando un mago se presenta y nos disponemos a ver un conejo brotar de una galera. Sabemos que es un truco, pero en el fondo no queremos que nos aviven. Queremos volver a ser niños y creer en todo lo que nos dicen: de ahí el gozo, la regresión que provocan estas Historias extraordinarias.


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Las historias se entrecortan, se interrumpen en momentos cruciales, están divididas en capítulos con nombres de fantasía, todo apunta a hacernos recuperar la fe. La digresión continua aporta, increíblemente, subhistorias tan interesantes como las primeras. Todo está tan enrevesado que más de uno pensará que Francisco Salamone, el arquitecto autor de bizarros edificios públicos en el interior bonaerense, es un invento de Llinás (el único añadido a la vera historia es la suposición de un pacto con el diablo). Y toleramos cada nuevo desvío porque Llinás sabe contar, sabe sacar algo interesante de imágenes tan rutinarias como las de una parejita cruzando la plaza o una vecina que baja una persiana.

Stevenson era un maestro de la digresión y en La isla del tesoro hay un momento que todavía me resulta magistral. Es cuando Jim Hawkins, el héroe adolescente con quien nos identificamos desde la primera página, escapa de la cabaña donde está sitiado con los “buenos” de la historia. ¿Por qué? Para recorrer la isla, algo que había querido hacer desde que el barco atracó en ese lugar desolado y misterioso, donde sabe que hay un tesoro enterrado. Jim no aguanta la curiosidad y se lanza a la aventura, abandonando a sus compañeros en una situación difícil. La historia se detiene y comienza una larga descripción de los paisajes vírgenes de la isla: de pronto Jim advierte que está siendo observado y conoce a Peter Gunn, un viejo pirata “olvidado” en la isla años atrás. Stevenson nos transmite a la vez el asombro de la aventura y la incertidumbre sobre el futuro, el riesgo y la irresponsabilidad de Jim al desobedecer a sus mayores. A partir de ahí, la novela que ya era apasionante anuncio de lo extraordinario, nos sume en el desconcierto: cuando Jim vuelve a la cabaña, todo ha cambiado, ya no hay enfrentamiento y los piratas viven en el barco que sus amigos han abandonado. Cuando lo ven, ni siquiera intentan atacarlo. Creo que nunca sentí, como lector, tan sobrecogedoramente la inmersión en lo desconocido.

(Stevenson sabe que seguir con el combate hubiera apresurado el final, y también que tenemos tantas ganas de recorrer la isla como Jim, nuestro narrador. Su zambullirse en la tangente en ese preciso momento debe ser una de las decisiones más felices en la historia de la ficción.)

Con sus continuas digresiones, idas y vueltas, Llinás persigue un fin parecido: sugerir mil caminos posibles, sorprender, desconcertar, convencernos de que estamos frente a algo distinto. Si la película hubiera tenido una duración normal, no habría sido tan potente el goce que provoca la ilusión mentada en esas tres horas y pico. El final decepciona; pero miramos atrás y decimos “quién te quita lo bailado”, lo contado. Valió la pena.

En esto Llinás se relaciona, más que con cineastas, con escritores: su gesta de post-ficción tiene algo de Bolaño, o de la narración descocada e inverosímil de Aira. El mejor símil que recuerdo es La experiencia sensible, novela de Fogwill que también plantea una situación de alto interés, plena de posibles tangentes y revelaciones (una familia bien posicionada viaja a Las Vegas en plena dictadura: ramificaciones en la actividad del padre, su posible contacto con las jerarquías militares, el erotismo de la niñera que llevan con ellos, los secretos del mundo del juego) para luego negarse a continuar la historia y ofrecer unas pocas, contundentes páginas sobre el significado de la aventura, el sentido de la historia y de la vida. Creo que por aquí pasa la propuesta de Llinás: devolver a un cine que agotó sus posibilidades narrativas y apuesta a la descripción como principal recurso (de Alonso a Tsai) la posibilidad de contar historias, así sea al precio de escamotearles el último acto, para restituir al espectador –aunque sea por un rato- el goce primigenio de mirar y sorprenderse. En este sentido, su máquina desaforada de narrar no está muy lejos del David Lynch de Imperio o el Cronenberg de Festín desnudo. Como en esos films, el cierre de estas historias participa menos de una voluntad real de conclusión y más de un intento de dejarnos satisfechos con leves pinceladas de redención, puntos de concentración de sentido, o una canción amigable que nos compense por tanto rato de incertidumbre en la butaca.


Las fotos del rodaje son del sitio http://historiasextraordinarias.blogspot.com

Lodge Kerrigan: La caja de pandora

Publicado en Sin Aliento (diario del Bafici, Festival de Cine Independiente de Buenos Aires) el 22-4-06.

Este realizador norteamericano, con sólo tres películas estrenadas, se ha ganado un lugar en el panorama del cine independiente de su país. Su cine de personajes, apoyado fuertemente en el trabajo con los actores, es capaz de mostrar no sólo sus acciones sino también sus pensamientos, sueños y pesadillas. Keane (2004), su último largo, es una muestra acabada de todos estos elementos. Está en Buenos Aires para presentarlo.

¿Cómo empezaste en el cine?

Estudié filosofía en la Universidad de Columbia en Nueva York, pero al mismo tiempo trabajaba en una escuela de periodismo, y pensé que lo mío iría por ese lado. Era joven e ingenuo, y pensé que podría controlar mejor lo que quería decir a través de la ficción, contar mis propias historias y no la de otras personas, aunque a medida que crecí me convencí de que la realidad es mucho más interesante que la ficción. (Si pudiera vivir una vida paralela, lo haría como fotoperiodista.) Elegí entonces el cine, que es un arte basado en la colaboración, pero he tenido mucha suerte. Me gusta escuchar las ideas de los demás en cada aspecto de la película, soy muy abierto a eso, y al mismo tiempo me gusta unir esos criterios en una visión global. Una parte importante del cine es encontrar la energía correcta para la película que estás haciendo, y esa energía tiene que partir de la historia, los actores y el equipo, y vos canalizás todo eso.

Tengo entendido que trabajaste para Frederick Wiseman…

Fui asistente de cámara en dos películas suyas (High School II y American Ballet), a comienzos de los noventa. Básicamente, reemplacé a un amigo mío, que estaba trabajando para él desde hacía mucho tiempo. Esto me permitió ver a Wiseman trabajando, una experiencia fascinante. Mi trabajo era cargar la cámara: cuando Wiseman filma, nunca corta la escena, sigue rodando hasta que se acaba el material virgen. Nunca apagan la cámara, recargan y siguen. Creo que él es uno de los grandes cineastas vivos, más allá de los géneros, y no se le presta la atención que merece.

En más de una ocasión te has ocupado de personajes que sufren algún tipo de discapacidad mental. ¿Has hecho algún trabajo de campo en este sentido?

Un amigo cercano sufre cierta enfermedad mental, y con el tiempo y la experiencia aprendí bastante, desde ir a guardias psiquiátricas en hospitales, hablar con médicos, y también con pacientes: hice eso también para escribir Keane. Ahora es mucho más difícil que hace unos años tener acceso a esos lugares, ellos están mucho más prevenidos. Wiseman no podría filmar Titicut Follies (1967) ahora… También trabajé con Storefront, que es una organización que intenta tratar a los pacientes psiquiátricos de otra manera, integrándolos en lugares donde puedan vivir de manera diferente a la situación de encierro que sufren en un hospital. Hay otra organización que les busca trabajo, otra provee un lugar recreativo donde gente que se está recuperando de un ataque psicótico puede retomar sus contactos sociales.

¿Te ves haciendo más películas sobre estos temas?

Es cierto que he tocado esta cuestión más de una vez, pero no me veo como un cineasta que trabaja sobre temas sociales, mis historias son mucho más individuales. Aunque sí me interesa el estado de indefensión en que queda esta gente ante un país donde el sistema de salud es privado y no pueden atenderse si no tienen dinero, o trabajo, se vuelve un círculo vicioso. No sería raro que vuelva a este tema desde un punto de vista documental, aunque por ahora creo que quiero hacer ficciones sobre otras cosas.

¿Cómo fue hacer tu primera película, Clean, Shaven (1993), y cómo escogiste a Peter Greene para el papel principal?

Él trabajaba en teatro y éste fue su debut en cine. Llegó un día al casting, ni foto tenía, pero apenas entró a la habitación me llamó la atención su energía, su carisma, bastaba verlo caminar. Aclaro que si bien Peter y su personaje tienen un nivel similar de intensidad, son personas completamente diferentes. La gente esquizofrénica tiene una rica vida interior y se me ocurrió que él podría transmitir toda esa intensidad. Enseguida lo vi en el papel, aunque por supuesto pasó por todo el proceso del casting para asegurarme, ya que era mi primera película. Clean, Shaven tardó tres años en completarse porque no tenía dinero para hacerla. Fueron tres años de rodaje entrecortado durante los cuales Peter hizo una película entera, casting, rodaje, estreno, llegó al video y yo todavía no había terminado la mía… Empecé a rodarla porque estaba cansado de hablar sobre hacer una película y no hacerla.

¿Y cómo fue que la actriz inglesa Katrin Cartlidge protagonizó tu segunda película, Claire Dolan (1998)?

El productor Jim Stark, que está aquí como jurado, fue quien nos presentó. Después me enteré por el novio de Katrin, Peter, de que en su primera cita habían ido a ver Clean, Shaven, linda película fueron a elegir (risas). Mis guiones a menudo se apoyan bastante en el trabajo de los actores, y es habitual que mientras estoy escribiendo le mande un borrador a un actor para que lo lea y me diga qué le parece. Así lo hice entonces con Katrin, sin pensar directamente en ella para el personaje; simplemente para que me dijera si le parecía creíble, además la protagonista era una mujer. A ella le encantó el guión y me resultó natural ofrecerle el papel. Fue bárbaro trabajar con ella, era muy inteligente y tenaz (Nota: la actriz murió en 2002). La idea para la película surgió cuando estaba montando Clean, Shaven en un barrio medio tenebroso de Nueva York. Cuando salía a la noche veía a las prostitutas trabajando, y me llamó la atención que algunas de ellas estaban embarazadas. Fue muy shockeante, porque en nuestra mente solemos tener a la madre y a la puta en lugares separados. Imaginate a estas chicas tratando de levantarse a los tipos que pasaban en auto por ahí, con sus panzas de embarazadas. Esa situación me generó la historia: una prostituta que a partir de su encuentro con un taxista piensa en dejar la profesión, y ser madre.

¿Podés vivir del cine haciendo una película cada tres o cuatro años? ¿Es el ritmo ideal para vos?

Hay que tener en cuenta que yo hice una película cuyo negativo se deterioró y nunca fue estrenada (In God’s Hands), pero que rodé completa, así que cuatro películas en poco más de diez años no está tan mal. Puedo vivir de mi profesión, no es una vida lujosa, claro, pero no puedo quejarme. A mí me gustaría hacer una cada dos años, pero el proceso de hacer una película desde la primera página en blanco del guión es más largo de lo que parece. No me cierro a dirigir un guión ajeno, pero todavía no apareció un material que me interese. Tampoco es que recibo muchas ofertas; los grandes estudios sólo te ofrecen guiones si hacés una película a la que le haya ido muy bien económicamente.

¿Qué tan distinto es para un cineasta joven hacer su primera película hoy, respecto de cuando hiciste Clean, Shaven?

La industria ha cambiado completamente desde entonces. Las películas independientes se han vuelto más “grandes” en términos de presupuesto, y eso hace que en general la industria sea más conservadora y la orientación de los films más comercial. Al mismo tiempo, está surgiendo una serie de pequeñas distribuidoras de material más arriesgado, así que hay esperanza. Cuando yo hice Clean, Shaven era un amateur, la filmé en 16 milímetros y era bastante difícil conseguir el dinero. Hoy, los nuevos medios digitales han democratizado de alguna manera la producción: cualquiera puede producir cine si en verdad tiene ganas de hacerlo. El problema es cuando querés mostrar eso que hiciste: ahí hay un cuello de botella que se mantiene.

Mario Trejo: Poesía con cuerpo

Publicado en El País Cultural el 23-2-2001, a propósito de la reedición de El uso de la palabra. Antología personal (Buenos Aires, Colihue, 2000).

La de Mario Trejo es una presencia esquiva en la poesía argentina. Desde 1946 -cuando publicó su libro de sonetos Celdas de la sangre- aparece y desaparece en forma intermitente, dejando a veces su marca en diversos lugares, culturas y disciplinas; otras, permaneciendo en el recuerdo de aquellos que cruzó en su camino.
Así, en los años '50 Trejo participa en revistas culturales porteñas como la recordada Poesía Buenos Aires -donde publica poemas propios y traduce los de Pavese- o la efímera Cinedrama, que dirigió en 1953. El final de la década lo encuentra en los pasillos del lviejo canal 7, escribiendo unitarios para la incipiente televisión argentina (Historias de jóvenes); en 1964, está en Cuba dando forma al guión del film Desarraigo, de Fabio Canel; un año más tarde, recorre un oleoducto europeo para la cámara de Bernardo Bertolucci en el documental La vía del petróleo. En 1968 está de nuevo en Buenos Aires, dirigiendo su obra teatral Libertad y otras intoxicaciones en el polémico Instituto Di Tella. En 1974, de nuevo en Italia, escribe para Astor Piazzolla la letra de "Los pájaros perdidos" y otras canciones; hacia el '78 está viviendo en España, donde hace de anfitrión para que otro argentino desterrado, Copi, lea una de sus piezas teatrales a un público de intelectuales ibéricos entre nubes de marihuana... La lista podría seguir y seguir.
Tanto movimiento entre diversos géneros y territorios ha resultado en una obra vagabunda, dispersa en varios continentes y poco accesible más allá del empeño de amigos y admiradores. Este año, la editorial argentina Colihue publicó una versión actualizada de El uso de la palabra, libro que Trejo ha querido sea la suma y síntesis de su obra poética. La edición anterior, de la casa española Lumen, data de 1979. En los 21 años intermedios, no se conoció más que otra compilación (en un fascículo publicado por el Centro Editor de América latina) y un cassette llamado De puño y letra, donde lee algunos textos suyos.
Hasta dónde esta ausencia de las librerías depende de la dejadez de las editoriales o de la vida errática del autor, es difícil de determinar. Lo cierto es que en los años '50 Trejo se perfilaba como uno de los poetas con más futuro en la generación de Poesía Buenos Aires -junto a Edgar Bayley, Paco Urondo, Francisco Madariaga-, y esa promesa es una realidad brillante en varios tramos de El uso de la palabra, un libro que se nota armado con retazos de distintas épcoas y estilos, pero que así y todo sorprende y maravilla.
Es cierto que un único libro reciclado a lo largo de las últimas cuatro décadas parece dejar a Trejo en la categoría de poeta "menor" (lo que el propio Trejo está más que dispuesto a debatir). No menos cierto es que el texto más famoso del libro, "Apuntes para una crítica de la razón poética", no deja de ocupar toda antología de los '50 que se precie y hasta ha sido reciclado en aforismos por algunos sitios de Internet: "de dos peligros debe cuidarse el hombre nuevo:/ de la derecha cuando es diestra/ de la izquierda cuando es siniestra", citan, así como la línea final: "el mejor modo de esperar es ir al encuentro". Ese poema, publicado en El uso de la palabra desde su primera edición (Premio Casa de las Américas 1964), es una pieza de orfebrería y la perfecta introducción al mundo de Trejo.
Algunos de los textos más recientes tienen el mismo aliento vital, la misma diabólica precisión de "Apuntes..." o la "Epístola tropicopolitana". Como este llamado "Para que entre nosotros la verdad no sea una desdicha": "Ya no tenemos edad/ somos los pobres de lujo/ la vida es un pasaje de ida solamente.// Sálvese quien quiera."


POETA NO CONSAGRADO. No es fácil entrevistar a Mario Trejo. Para empezar, hay que moverse hasta Rosario, ciudad donde reencontró a un amor de juventud que todavía lo acompaña (una historia de novela que fue contada en la revista argentina Veintidós). Desde allí escribe columnas ocasionales y apadrina a algún poeta joven como Reynaldo Sietecase, el autor de aquella crónica.
Hablar con Trejo permite descubrir la coherencia entre la persona y la vida: su charla es continua divagación, salto de un tema a otro, constante apertura de paréntesis que luego quedan colgando en el aire. Imposible hacer que responda una pregunta concreta: el hombre tiene su propio ritmo, y hay que estar atento para no quedarse fuera de las citas y guiños que suelen aparecer en su discurso. Además, cada pocos minutos alguna de sus ocurrencias se le queda pegada al interlocutor, como si oralmente este poeta también buscara esa síntesis aforística que suele brillar en los textos.
Trejo tiene 74 años, aunque por coquetería jamás va a decirlo, y además no los aparenta. (Hay que ir a los viejos números de Poesía Buenos Aires para encontrar sus datos de filiación, consignados por el prolijo director de la revista, Raúl Gustavo Aguirre). Sabiendo que esta nota es para un medio de Uruguay, Trejo habla de su admiración por Felisberto Hernández. Pero enseguida pasa a otros temas; su monólogo se va, sin remedio, por la tangente. Repasa la muerte de algunos colegas, se queja de otros a quienes acogió en España -cuando los corría la dictadura argentina- y que ahora pasan olímpicamente de largo a su lado. De golpe, vuelve al tema y la síntesis:
-Qué querés con este país... Los argentinos no son más que uruguayos con delirios de grandeza. Ésta -señala desde su mesa en un ruidoso bar rosarino- es la República Occidental del Uruguay.
Algunos de esos ex amigos, se presume, son por omisión culpables de que hoy Trejo no tenga mayor presencia en los medios. También de que otros libros suyos permanezcan sin editor, como Ley de vida, que circula en copias caseras, o La lengua afeitada, una recopilación de recuerdos y artículos.
Una lástima, porque el hombre tiene mucho que contar. "La década del '60 la pasé entre Argentina, Brasil, Cuba, París y Roma", dice a manera de ejemplo. A su país volvió definitivamente en 1988, después de un largo período en Antigua, ciudad de 15 mil habitantes en el corazón de Guatemala. "Ciudades pequeñas como ésa o Boulder (Colorado, EE UU), donde también viví, te dan soledad acompañada, vidas secretas, repeticiones que varían, un off-off con más camote que el de las grandes ciudades... Yo he visto masacres en Guatemala, pero todo eso no impedía una vida cotidiana fascinante, erótica al mango. En mi corazón no hay con qué darle".
Una anécdota sucede a la otra, salpicadas por incontables citas en varios idiomas. Trejo disfruta evocando momentos con grandes que llegó a conocer, como Onetti, Borges o su admiradísimo Pablo Neruda. En un momento, a cuento de alguna argumentación, recita de memoria un poema olvidado de Alberto Vanasco. "Ese soneto es perfecto", dice después, orgulloso como si fuera suyo.

DE ACÁ PARA ALLÁ. La poesía de Mario Trejo ha tenido una evolución acorde con su destino nómade. Capaz a los veinte años de escribir sonetos perfectos junto a su amigo Vanasco, absorbió después las formas libres de los poetas franceses, en especial los surrealistas, abriendo su abanico de temas y terrenos. Esto lo llevó a incorporar el erotismo pero también la política, lo que probablemente terminó alejándolo -como a Francisco Urondo- del círculo de los poetas formados en Poesía Buenos Aires.
Los años '60 marcarían el comienzo de sus viajes, físicos y de los otros (Trejo y Urondo experimentaban con LSD años antes que el hippismo pusiera de moda estas exploraciones). Para la primera edición de El uso de la palabra ya ha adoptado mecanismos de la poesía coloquial, que comienza a ser preferida por poetas latinoamericanos como César Fernández Moreno, Juan Gelman y Nicanor Parra.
Otra encarnación de este cruce son los sonetos "modernos" que Trejo suele intercalar en su producción, de temas muy terrenales pero respetando métrica y rima hasta la última coma. Vaya como ejemplo este "Apógrafo de Lezama Lima":

Rumbas baila Mariana Alcoforado
celosías y cielos en el celo
ojos de espadas a romper el velo
plebeyo capitán desaforado.

Hábitos cubren culo venerado
culo meneante a pelo y contrapelo
ojo mirante, mirador Otelo
ojo bizco de nalga a cada lado.

Mariana epistolar masturbatoria
simulas perfección, oh partenoica
teta perfecta que a tu atrás alude.

Consagras tu actitud depilatoria
(herencia hebrea vulva paranoica)
a quien kyries eléisons te sacude.

Escatología a lo Quevedo, referencias a la alta cultura y piropo porteño, todo en uno.
Esas mezclas provocan un efecto típico en Trejo, que puede describirse como un constante vaivén entre la distancia contemplativa y la sonrisa cómplice. A veces las continuas referencias abruman: otras, lo coloquial inclina demasiado la balanza (Trejo suele trabajar en el límite de la musicalidad del poema). Pero los aciertos justifican toda la empresa.
Puede decirse que este veterano le ha "puesto el cuerpo" a las palabras en más de un sentido. Para empezar, ha introducido las sensaciones del cuerpo en sus poemas; ha trabajado en la representación de sus textos con actores, cantantes o bien diciéndolos él mismo; ha escrito para el cine y la TV e insertado, incluso, su propio cuerpo en esas imágenes, como actor o entrevistador. Ha coordinado talleres de psicodrama como parte de su experiencia teatral. Hacia 1948 y con Vanasco hacían representaciones poéticas por la porteña calle Florida que, dice con orgullo, "anticiparon en veinte años a los happenings, aquel invento de los '60 definido como 'poesía en acción'".
En este punto, los distintos hilos de la existencia de Trejo parecen unirse. Se trata de un poeta a la vez intimista y cosmopolita, que salió a enfrentar el compromiso de una vida poética y asumió, a la vez, el de jugarse entero en lo que escribe. De todo eso habla en este último libro.

Frank Zappa: Un rockero del Renacimiento

Publicada en El País Cultural (Montevideo) el 6-2-04.

A fines de los ‘60, en los albores del rock rioplatense, el término zapar era usado en la jerga de los músicos como sinónimo de improvisación grupal. Esta insólita traducción-homenaje del inglés jam venía, ni más ni menos, del nombre de un músico norteamericano entonces conocido por sus extensos y brillantes solos de guitarra. Pero esa era sólo una faceta de Frank Zappa, probablemente el rockero más prolífico de su generación.

Desde 1966 y hasta su muerte el 4 de diciembre de 1993, a los 52 años de edad, Zappa editó unos 60 álbumes con registros de rock, jazz, fusión, música orquestal y avant-garde, en su casi totalidad integrados por composiciones propias. En realidad, la mayor parte del tiempo Zappa tocaba todos esos estilos a la vez, y a menudo en una misma canción. Esto, sumado a la cantidad de discos que grabó -muchos de ellos dobles o triples en su versión vinilo- le dio un aura de músico excéntrico e imprevisible.

Además de grabar y de dar miles de conciertos con diversas formaciones, a lo largo de su vida Zappa produjo y dirigió varias películas; armó una cadena propia de distribución de su música; defendió a compositores e intérpretes de la censura; y se burló sin piedad de todo lo que tuvo delante, en sus discos, en cientos de entrevistas y también en un libro autobiográfico. Fiel a su estilo, lo hizo sin perder el humor ni la audacia, así su blanco fueran los hippies, el modo de vida norteamericano, una empresa poderosa o el propio gobierno de los Estados Unidos.

El legado de Zappa es desmesurado y sólo el paso del tiempo ayuda a evaluarlo en toda su dimensión. Su voluntad iconoclasta y su gusto por la parodia han ocultado, por ejemplo, al compositor “serio” cuyas obras de vanguardia fueron interpretadas por prestigiosas orquestas y grupos de cámara.

Esta intención de abarcarlo todo terminó dándole un aura renacentista difícil de encontrar en otros intérpretes de música popular. Quizás aquí resida el error: antes que rockero, Zappa fue un intelectual y quiso ser recordado como tal. Su página oficial en Internet lo describe como “compositor norteamericano”, título que también reclamara para sí su ídolo Edgar Varese.

CIENTIFICO LOCO. Cuando su madre le preguntó qué regalo quería para su decimoquinto cumpleaños, Frank Vincent Zappa contestó: “una llamada telefónica de larga distancia”.

Corría 1955, Elvis todavía no había grabado “Heartbreak Hotel” y la familia Zappa vivía en Lancaster, un poblado desértico cercano a Los Angeles, California, cuyos habitantes trabajaban en instalaciones militares.

El adolescente Frank era “raro” y poco popular en el colegio, escuchaba discos de rhythm & blues y quería tocar la batería. Leyendo una revista descubrió que existía un disco grabado únicamente con instrumentos de percusión, y que sonaba, según decían, como “la peor música del mundo”. Se trataba del LP Obras completas de Edgar Varese, Volumen I, que Frank consiguió después de hurgar en una buena cantidad de disquerías. Varese (1883-1965) era un compositor de vanguardia relacionado con la llamada segunda escuela de Viena (Webern, Schönberg), conocida por sus exploraciones tímbricas y su alejamiento de las armonías tradicionales. El disco que había comprado Zappa incluía “Ionización”, una composición para 13 percusionistas que manejaban 37 instrumentos, y que se convirtió en su disco de cabecera.

Con el aporte de 5 dólares de su madre, el quinceañero llamó a la casa de Varese en Nueva York, cuyo número había encontrado en la guía telefónica. Esa primera vez habló con su mujer; varios llamados después -y ahorro mediante-, el emocionado adolescente pudo conversar con el compositor. “Tenía pinta de científico loco, como decían de mí en el secundario” recordó años después.

Con la música de Varese llegaron Stockhausen, Stravinski y otros compositores contemporáneos. Antes de fundar su primera banda de rock, el joven Zappa ya estaba familiarizado con el dodecafonismo, la electrónica y la música concreta.

MADRES DEL INVENTO. A poco de terminar la secundaria, Zappa tocaba la batería en una banda local de rhythm & blues que mezclaba músicos negros y blancos; tenía un primitivo estudio de grabación donde practicaba sus primeros collages sonoros; y escribía algunas piezas de cámara, mayormente influidas por Varese. De esa época se conservan algunas grabaciones con instrumentos no convencionales -en 1963 Zappa apareció en un show televisivo “tocando” una bicicleta- y el recuerdo de pequeños conciertos que mezclaban música, efectos y proyección de imágenes.

El músico popular y el culto se reconciliaron cuando Zappa encontró una banda que parecía a su medida: The Soul Giants, un grupo de covers de r&b originario de Pomona, otro suburbio angelino. A poco de ingresar como guitarrista, convenció a los otros miembros de dejar los covers y pasó a ser el principal compositor del grupo, ahora llamado The Mothers. En ese momento se gestaba una nueva escena musical en la Costa Oeste, basada en la recuperación del blues a la manera de las exitosas bandas británicas (el llamado blues blanco) y la electrificación del folk de Bob Dylan, todo esto teñido con una actitud de creciente rebelión contra lo establecido. La movida, que tenía su epicentro en San Francisco y sus protagonistas en bandas como los Grateful Dead, Jefferson Airplane y Big Brother and the Holding Company, sería imitada a su vez por los jóvenes ingleses y desembocaría en el estallido del flower power y el movimiento hippie.

Los Mothers, que tocaban en Los Angeles, fueron asociados al fenómeno y utilizaron ese cartel para conseguir trabajo, si bien Zappa veía con distancia lo que ocurría en San Francisco. Bastante más feos que otros ídolos hippies, se dejaban sin embargo el pelo largo, vestían estrafalariamente y tendían a vivir en pequeñas comunidades, alejados de todo lo que representara el “sistema”. En Los Angeles, los principales clubes nocturnos olieron el cambio y comenzaron a contratar a las nuevas bandas; así los Mothers llegaron a tocar para la farándula en el Whisky a Go Go. Allí Frank conocería a Gail, su esposa de por vida.

El sello MGM había inaugurado una división rockera y necesitaba con urgencia fichar a un grupo de blues blanco; así fue como los Mothers terminaron grabando su primer álbum, Freak out!, previo pago de un adelanto de diez dólares porque los músicos -virtuales homeless- estaban hambrientos. La compañía tenía miedo de que el nombre de la banda fuera asociado al insulto motherfucker, así que se rebautizaron The Mothers of Invention. Freak out! fue editado en febrero de 1966 y fue el primer álbum doble de la historia del rock (tres meses antes del Blonde on Blonde dylaniano); también se adelantó en eliminar los silencios entre canciones, y en incorporar una orquesta en la grabación (Paul McCartney admitiría luego la influencia de Zappa y Brian Wilson en la grabación del álbum Sgt. Pepper’s, editado un año más tarde). En Freak out! había rock and roll, parodias de los ingenuos grupos a capella de la década anterior, breves sketches de diálogo y efectos sonoros, y una suerte de homenaje a “Ionización” intitulado “Return of the son of monster magnet”, que duraba 12 minutos.

El bizarro cóctel estaba destinado a llamar la atención, y pronto los Mothers se posicionaron como uno de los referentes de la movida, si bien en California eran vistos más bien como un grupo cómico a la manera de los Fugs, con quienes compartieron cartel en una extensa temporada de actuaciones en el Garrick Theater neoyorquino. Allí los músicos tocaban los temas conocidos y otros nuevos que surgían con la velocidad de un géiser; Zappa agregó sketches semiimprovisados que ayudaron a cimentar la fama de la banda en la Costa Este.

El costado teatral del show fue estimulado por un incidente legendario: una noche, Zappa invitó a dos marines al escenario y les entregó unos muñecos de tamaño natural. “Aquí tienen unos pequeños vietnamitas” les dijo. ‘Hagan con ellos lo que hacen allá en Vietnam”. Mientras la banda tocaba con furia, los soldados se dedicaron a destrozar los muñecos y tirar los pedazos al público, dividido entre aplausos y silbidos. Desde entonces, un alambre cruzaba la sala para que los técnicos hicieran llegar al escenario toda clase de objetos durante los shows: uno de los más memorables fue una jirafa que, convenientemente estimulada, eyaculaba leche sobre las primeras filas.

El humor de los Mothers combinaba parodia y sarcasmo con un saludable uso del absurdo y cierto costado infantil y payasesco, apreciable tanto en la música en sí -repleta de ruidos “tontos”- como en su presentación en vivo, y también en las tapas de los álbumes. Además las canciones de los Mothers contaban historias sexuales sin tapujos, superando en audacia a cualquier otra banda de la época. Como el movimiento dadá sesenta años antes, Zappa utilizó el humor para desmitificar la vanidad artística propia y ajena, descargándose sin piedad sobre las pretenciosas bandas de San Francisco en el tercer disco de los Mothers, We’re only in it for the money (“sólo lo hacemos por el dinero”). La tapa del disco parodiaba la de Sgt. Pepper’s y las letras se burlaban del nuevo rock psicodélico: “pasé por la peluquería, bailé en el Fillmore, estoy completamente colocado, soy hippie y estoy volado, me hice gitano, me quedaré una semana, pescaré ladillas y tomaré el autobús de regreso a casa” cantaban los Mothers en “Who needs the Peace Corps?”. Dos meses después, Zappa homenajeó a los grupos a capella de su adolescencia en Cruisin’ with Ruben and The Jets (1968).

EXPLORACIONES. En 1969 Zappa desarmó la banda original, y si bien algunos álbumes posteriores llevan la etiqueta Mothers, desde entonces sería en la práctica un solista rodeado de una pléyade -siempre cambiante- de músicos jóvenes y virtuosos. Zappa ya era un animal de los escenarios y había perfeccionado su sistema básico de trabajo: tocar en vivo los temas nuevos, grabar todas sus giras y utilizar parte de ese material como base de sus discos de estudio, perfeccionándolo con sobregrabaciones. De esta manera podía editar entre dos y tres álbumes al año, entre temas nuevos y registros de concierto.

La piedra basal de este viraje, que incluyó mayor música instrumental y espacio para la improvisación, fue el disco Hot rats, editado a fines del ‘69. Allí y con un grupo pequeño, Zappa comenzó a aproximarse al jazz y en particular al free (llegaría a escribir un tema en homenaje al saxofonista Eric Dolphy), además de acusar la influencia de los vuelos guitarreros de su amigo Jimi Hendrix.

Zappa era un guitarrista como ningún otro. Sus solos no son, como los de tantos músicos de la época, un camino al éxtasis alcanzado en las notas más altas del instrumento; las notas fluyen en distintas direcciones tanto en altura como en velocidad, a veces contra el ritmo o simplemente ignorándolo, y logrando la misma tensión en las notas bajas que en las más agudas. Zappa pone nervio en su interpretación, y esto es percibido por el oyente más allá de su particular sentido melódico, que a menudo descarta las armonías tradicionales. En sus últimos años Zappa llegó a editar discos compuestos únicamente de solos capturados en vivo, como el triple Shut up ‘n play yer guitar (1981).

SOLO A LAS PIÑAS. En 1967, durante su estancia neoyorquina, Zappa había grabado su primer disco solista, llamado Lumpy gravy y en el que participan tanto los Mothers como otros músicos, conducidos a la manera de una bizarra orquesta sinfónica. Una serie de melodías instrumentales -algunas pasadas a velocidad más alta de lo normal- son intercaladas con el diálogo de un grupo de personas que, según parece, están encerradas dentro de un gran piano, cuyo pedal de sustain ha sido presionado para captar las armonías que las voces despiertan en la caja del instrumento.

El álbum fue tomado como un exceso más del rock lisérgico y pasó desapercibido; en realidad, era el primero de una serie de trabajos de música contemporánea, más cercanos a John Cage o Stockhausen que a las parodias de los Mothers. Un segundo capítulo de esta saga fue la película 200 Motels (1971), basada en la vida de un grupo de rock en gira permanente. Para la bizarra banda sonora, se agregó a los Mothers la Royal Philarmonic Orchestra londinense (un año antes, el material había sido representado con la Filarmónica de Los Angeles, dirigida por Zubin Mehta). Aquí también había complejos pasajes instrumentales, diálogos y humor.

Estas experiencias convencieron a Zappa de que los músicos de rock, después de todo, mostraban más entusiasmo ante sus partituras que los integrantes de orquestas de renombre, ganados por la burocracia y el prejuicio contra todo lo proveniente del campo popular. En la década siguiente reforzaría a los Mothers con jóvenes de formación académica, para intentar reproducir algunas de estas piezas en un contexto jazz-rockero: el resultado puede oírse en discos como The Grand Wazoo, Studio Tan y Orchestral Favorites.

En enero de 1983 hubo un nuevo intento con la London Symphonic Orchestra, dirigida por Kent Nagano, y un año más tarde el prestigioso compositor y director Pierre Boulez le encargó a Zappa una pieza original para un concierto dedicado a su obra, a cargo de su Ensamble Intercontemporáneo (los registros de estos conciertos fueron publicados en disco).

Zappa sostenía estos emprendimientos con la edición simultánea de álbumes de rock, que después de Joe’s Garage (1979) pusieron el acento en lo satírico por sobre lo experimental. Ahora el blanco era el gobierno norteamericano de Reagan y sus patrocinadores, entre ellos los predicadores evangelistas que compran espacios en televisión.

En 1984 se conocieron los que serían sus últimos discos de rock grabados en estudio: Them or us, con la participación en guitarra de su hijo Dweezil, y un triple conceptual llamado Thing Fish, donde la ciencia ficción era el vehículo para las teorías paranoicas de Zappa: en este caso, la posibilidad de que el virus del SIDA hubiera sido fabricado por el gobierno reaganiano (Zappa gustaba de las novelas de ciencia ficción de Cordwainer Smith, un ex agente de la CIA).

Pero su principal éxito en esos años fue una campaña contra el Centro de Investigación Musical para Padres (PMRC, su sigla en inglés), una institución fundada por esposas de legisladores y funcionarios para imponer el etiquetado de los discos de rock considerados “peligrosos” para los niños. Zappa defendió los derechos de los músicos en los medios y protagonizó una memorable ponencia en el Senado norteamericano.

Finalmente, en 1988 armó una nueva gira mundial -la primera en cuatro años- para expresar su descontento por los candidatos que se presentarían para relevar a Reagan. El tour debió ser cancelado al regreso de Europa por problemas entre los músicos, y Zappa absorbió las pérdidas. Desde entonces, no volvió a tocar la guitarra en vivo y sus discos de rock se basarían en material grabado previamente. Hasta desaparecieron los callos de sus dedos.

Zappa ya estaba abocado por completo a la música orquestal. Había descubierto una alternativa a las bandas de cualquier tipo: el Synclavier.

LA ORQUESTA IMPOSIBLE. Desarrollado en los años ‘70 por una empresa de electrónica llamada New England Digital (NED), el Sistema Synclavier comenzó como un sintetizador digital de sonidos, que permitía grabar secuencias con sonido profesional y alta calidad de reproducción. Había sido pensado para músicos, pero el desarrollo de su sistema operativo -que incluyó en los ‘80 la adición de un monitor- interesó también a la industria cinematográfica, que lo usó para trabajos de posproducción. Permitía imprimir la notación musical programada y grabarla en un disco rígido propio con calidad digital. A mediados de los ‘80 lo utilizaban músicos como Laurie Anderson, Stevie Wonder y el Pat Metheny Group.

Zappa comenzó a emplearlo hacia 1984, primero con la paleta de sonidos incorporada por el fabricante (así suena en Francesco Zappa y algunos temas de Thing Fish), y luego aprovechando las infinitas posibilidades del sampleo. Zappa se dedicó no sólo a grabar escalas cromáticas completas de instrumentos tradicionales, que podrían dispararse formando melodías a la manera de un grupo u orquesta, sino también a registrar todo tipo de sonidos naturales y mecánicos de la vida cotidiana, que serían incorporados como instrumentos no tradicionales. Algunos de ellos fueron utilizados tal cual, otros deformados mediante las posibilidades digitales, y una inmensa mayoría reposa aún en los bancos de memoria sin ser estrenados.

Una de las primeras piezas de Synclavier con samples fue “Porn wars”, la sátira al PMRC incluida en el disco Frank Zappa meets the Mothers of Prevention (1985) y que hace uso de las voces de senadores y funcionarios. A partir de entonces, el músico se dedicó por entero al Synclavier, empeñado en la creación de una orquesta capaz de reproducir la música que tenía en su cabeza. La meta: crear piezas a partir de la programación de secuencias imposibles de ejecutar por un ser humano, particularmente en lo que hace a patrones rítmicos, unísonos y el llamado morphing (capacidad de convertir un sonido en otro durante su emisión).

Los logros en este campo son sólo parciales, ya que la programación del Synclavier tomaba un tiempo considerable y pronto el instrumento fue superado por las posibilidades del nuevo software para PC que emulaba sus posibilidades (el programa ProTools, por ejemplo), así como por los sintetizadores MIDI, también compatibles con las muchos más baratas computadoras personales. NED cerró sus puertas en 1992 y hoy el Synclavier es una pieza de museo.

Sobre el fin de su vida, no obstante, Zappa pudo concretar algunos trabajos de ambición considerable. Además de su orquesta electrónica contó con la ayuda del Ensemble Modern, un grupo de cámara europeo que lo incluyó en un ciclo de conciertos dedicado a compositores contemporáneos (los otros homenajeados fueron Cage, Stockhausen y el ruso Alexander Knaifel). Tuvo lugar en Frankfurt en noviembre de 1992 y el propio Zappa fue el conductor del programa, que incluyó versiones de temas conocidos y algunas piezas compuestas para la ocasión. Un particular sistema de sonido envolvente y hexafónico (seis canales dispuestos alrededor del público) fue diseñado para la ocasión. Fue su última aparición pública.

Zappa estaba jugando con la idea de una candidatura presidencial -su campaña tendría como eje los talk shows televisivos- cuando le diagnosticaron cáncer de próstata. El tiempo que le quedaba lo dedicó por entero a la composición, así como a poner sus papeles en orden. Desde 1985 todos sus discos se produjeron y distribuyeron de manera independiente, incluyendo su viejo catálogo, cuyos masters había comprado a las casas discográficas originales. Ahora, su esposa e hijos se encargan de ordenar un inmenso archivo de grabaciones para una serie de ediciones póstumas.

El Ensemble Modern también participó del último proyecto completado por Zappa: una obra conceptual titulada Civilization Phase III y que es básicamente una remake corregida y ampliada de Lumpy Gravy, utilizando algunas de las voces originales y otras nuevas, así como música interpretada en el Synclavier y por el Ensemble. Para los (pocos) fans de esta vertiente zappiana, es su trabajo más acabado; a los demás, el cúmulo de disonancias les sonará como la banda sonora de una película de suspenso desconocida.

El músico murió rodeado de su familia el 4 de diciembre de 1993. Su obra lo sobrevive, por su valor intrínseco y por la influencia que Zappa tuvo desde los ‘60 en la cultura norteamericana y también más allá. Una huella no discernible a primera vista, pero presente en una gran variedad de expresiones: desde la psicodelia brasileña de Os Mutantes hasta el jazz neurótico de John Zorn, de la continuidad conceptual de Parliament/Funkadelic al anarquismo despiadado de los Dead Kennedys, de los experimentos del Tom Waits de los últimos años a la actitud desmitificadora del italiano Luca Prodan y su banda argentina, Sumo. Hasta el humor inteligente de Michael Moore tiene, probablemente, alguna deuda con Zappa. Que expresiones tan divergentes de la música y el pensamiento tengan algo en común habla de la desmesura de su producción, difícil de digerir en su totalidad, y en parte aún pendiente de legitimación.

Claro que Zappa siempre se burló de lo “artístico”, sintiéndose más cómodo con la idea norteamericana de entertainment. Una anécdota del final de su vida lo pinta de cuerpo entero. Cuando fue invitado a participar de un álbum tributo a John Cage, Zappa eligió hacer una versión de “4’33””, la famosa pieza para piano en donde lo único que suena es el ambiente de la sala de concierto. La cinta enviada por Zappa y reproducida en A chance operation: The John Cage Tribute (1993) consiste en cuatro minutos y 33 segundos de silencio absoluto.

Imperio: La fábrica de sueños

Publicado en El País Cultural de Montevideo, Uruguay, el 2-11-07.

Blanco y negro: el haz concentrado de un proyector atraviesa la oscuridad. La púa de un viejo gramófono se apoya contra el surco: una voz anuncia “el radioteatro más largo de la historia en la región del Báltico”. Una pareja avanza por el pasillo de un hotel; sus cabezas han sido difuminadas digitalmente, como las caras de los delincuentes en los noticieros. Hablan en otro idioma (después se sabrá que es polaco) y parecen ser una prostituta y su cliente. Ahora en colores, una chica mira televisión con lágrimas en su rostro. En la pantalla, el living de una especie de sitcom donde los personajes visten y actúan como humanos… pero son conejos.

Y estos son sólo los cinco minutos iniciales de Imperio (INLAND EMPIRE, 2006), el nuevo y magnum opus de David Lynch. La película tiene casi tres horas de duración y ya es considerada por algunos como su obra maestra, algo superlativo si se piensa que Lynch viene sorprendiéndonos desde, por lo menos, El hombre elefante (tanto Eraserhead como sus cortos fueron descubiertos en retrospectiva). Este imperio interior vuelve, de alguna manera, al espíritu desatado y a la vez hermético de aquellos primeros trabajos, que siempre estuvo presente en sus films posteriores pero aquí parece decididamente liberado de las ataduras del cine comercial, como contar una historia –no importa cuán rara pueda ser-, o tener personajes definidos, o resolver el misterio que propone, cerrar de alguna manera.

Como el Cortázar más clásico, Lynch impresiona especialmente porque lo que cuenta es casi normal, partiendo de un género trillado, como el policial o el melodrama, para luego subvertirlo a través de desvíos inesperados. Sus historias funcionan como si detrás, en algún plano oculto, hubiera un hilo de Ariadna capaz de dar sentido a una trama cuyo desarrollo parece acelerar hacia el absurdo. Y a veces ese hilo está: Mulholland Drive, por ejemplo, tiene un esquema muy preciso donde cada detalle tiene su sentido (hay sitios en Internet que explican la trama paso por paso). Pero nunca estamos seguros, al comenzar, de si vamos a encontrarlo, o si siquiera existe. (Tal vez Lynch piense diferente: en 1996, el pressbook de Carretera perdida incluía una declaración con su firma donde no dejaba dudas sobre la resolución de la historia… pero esas palabras claras y sencillas resentían un tanto el alto poder evocador de las imágenes.)


LA SOBRECARGA. En el caso de Imperio, si el “hilo” existe, es un verdadero nudo gordiano. Justamente, la clave para hablar de Imperio son las palabras “quizá”, “parece”, “aparentemente”, “como si”, que se repiten en toda exposición sobre el argumento. Todo parece centrarse en una actriz, Nikki (Laura Dern), quien aparece tras el sacudón inicial. Nikki está por empezar a trabajar en una película que significa mucho para ella, un melodrama adúltero hollywoodense que protagoniza con Devon (Justin Theorux). A poco de empezar descubren que el guión carga sobre sí una suerte de maldición: años atrás, hubo un intento de filmarlo que terminó con el asesinato de los actores. El primer tercio de Imperio avanza en esta línea, y comienzan a sucederse una serie de saltos temporales en los que Nikki observa una escena que “interpretará” en el futuro o ya vivió en el pasado (al comienzo, una vecina de acento extranjero le anuncia cosas que van a ocurrir más adelante). Además, las escenas de la “película” comienzan a confundirse con la realidad de los actores. Tras un momento bisagra en que Nikki confunde realidad y ficción, queda atrapada en lo que parece uno de los decorados del rodaje: ahí comienza un vía crucis en el que atraviesa dimensiones espaciales y temporales a todo vapor. Reaparecen los conejos, así como la chica del principio, que protagoniza una historia paralela hablada en polaco (¿la versión anterior de la “película”?) Dern continúa en pantalla, pero ya no estamos seguros de si es Nikki, o Sue (su personaje), u otra persona, quizá una prostituta de Hollywood Boulevard. Por ahí anda una loca con un destornillador… y así hasta completar 172 minutos, entre pasillos, zumbidos ominosos y extraños números musicales.

ALICIA YA NO VIVE AQUÍ. Uno de los méritos de Imperio es que mantiene la atención del espectador aunque éste no tenga idea de lo que está ocurriendo: tal el poder de sus imágenes, que permanecen en la memoria e invitan a una nueva visión. Lynch se tomó un par de años para rodar esta odisea, de a ratos y con una cámara digital, partiendo de episodios sueltos que en un principio no tenían conexión entre sí (sólo después de un tiempo surgió la idea de hacer con eso un largometraje). En el pase al digital –que por lo que viene anunciando es definitivo- cambió algo la estética para conservar su particular estilo: aquí el shock pasa por baratos efectos virtuales y unos primeros planos atroces, realzados por una predilección –algunos dirán abuso- por los grandes angulares, que deforman los rostros y generan curvas insólitas en los decorados. El sonido ha ganado en sutileza, y pasa del susurro al estruendo sin solución de continuidad. El efecto general es de pesadilla.

Para algunos críticos, el método en apariencia anárquico de composición –pero similar al de un pintor, por ejemplo- permite a Lynch una mayor libertad y nos acerca más a su bullente imaginación (el Imperio, aquí, parece ser el de la compleja psiquis humana, y como en otras películas suyas, la cosa parece tener más sentido si ciertos acontecimientos “sobrenaturales” se interpretan en clave onírica). Otros cronistas, como J. Hoberman en el Village Voice neoyorquino, culpan precisamente a la comodidad del formato por el aparente desmadre argumental, y creen que el talento de Lynch estaría mejor encuadrado en los límites de un rodaje normal de estudios.

Pero claro, ¿cómo limitar al realizador que más se ha aproximado –hay que retroceder a Resnais o aun Buñuel para encontrar un parangón- a los laberínticos mecanismos de la mente humana? El film tiene la lógica de un sueño, llena de tangentes, derivas y callejones cerrados, como una versión adulta y psicótica de la Alicia de Lewis Carroll.

Internet ya tiene foros enteros dedicados a desentrañar la madeja argumental, esta vez con éxito escaso, por no decir nulo. Se sabe, por ejemplo, que en Polonia se vio una copia con veinte minutos adicionales, y que los conejos protagonizan su propia serie, Rabbits, que Lynch viene ofreciendo a los suscriptores pagos de su site desde 2002. Pero uno tiene la certeza de que aún viendo estos materiales no tendría mayor idea de lo que ocurre en la película; es uno de esos casos en los que, cuanto más información se tiene, más confundido se termina.

El objetivo último de Lynch ha sido, probablemente, provocar la confusión y el desconcierto. Su territorio no es la realidad, sino la continua reelaboración que hacemos de ella a través de los sueños, el trauma o la psicosis. Imperio, como el inconsciente, es un mundo en continua transformación, lleno de placeres y peligros. Y la extensión desmesurada del film, su infinita acumulación de detalles y pistas falsas, obliga en un punto a suspender todo intento racional y abandonarse al goce de las imágenes. A partir de ese momento, la visión de Imperio se transforma en una experiencia nueva, un verdadero tobogán a lo desconocido.

En 1995, cuando participó del colectivo de cortos Lumiére y cía., Lynch lo explicaba así: “me gusta hacer cine porque me gusta perderme en otro mundo. Para mí es un medio mágico que te permite soñar en la oscuridad”. En la fuerza visual de su representación, así como en su capacidad para manipular al espectador, Lynch se revela una vez más como el legítimo heredero del Hitchcock más desquiciado, el de Vértigo. Es quizá el Hitchcock que merece el nuevo siglo, más agresivo, explícito y libre; en materia artística, intelectual o sexual (y digital).

Marvin Gaye: Un poco de respeto

Publicado en El País Cultural de Montevideo, Uruguay.

La muerte temprana suele mejorar a los artistas. En el caso de Marvin Gaye -de cuyo deceso se cumplieron dos décadas en abril- sirvió para que se recordara su importante contribución al desarrollo de la música negra, en especial durante esos dorados años del soul transcurridos entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta. En ese momento Gaye, un cantante especialmente dotado, se reveló además como un importante compositor y productor, y logró que el público de rock -mayoritariamente blanco- prestara atención a una nueva vertiente del soul con ambiciones más allá de lo comercial.

Las circunstancias de su muerte -Gaye fue asesinado por su propio padre- volcaron la crónica inmediata hacia el repaso de la desordenada vida del cantante. Con el tiempo, una nueva generación de músicos negros -la de D’Angelo, Erykah Badu y Macy Gray- retomaría la tradición del “soul de autor” que Gaye ayudó a crear treinta años atrás.

INSEGURIDADES. Marvin Pentz Gay nació en Washington el 2 de abril de 1939 y fue bautizado con el mismo nombre de su padre, un pastor titular de una minúscula derivación de la Iglesia Pentecostal. Todos los miembros de la familia tenían aptitudes vocales, y Marvin -como muchos de su generación- empezó mostrando las suyas en la capilla familiar. Con la adolescencia llegaron los primeros grupos vocales a la manera de los Drifters y Platters; luego de grabar un single en 1957 con uno llamado los Marquees, y de pasar por los más profesionales Moonglows del cantante y productor Harvey Fuqua, se estableció en Detroit, donde el compositor y productor Berry Gordy estaba sentando las bases de lo que luego sería el imperio Motown. Gaye fue admitido allí como cantante solista, pero cumplió también otras funciones, haciendo coros, tocando la batería y componiendo ocasionalmente (Marvin es uno de los autores de la popular “Dancing in the street”).

Sus intentos como líder eran desparejos: pasó de un álbum de baladas al estilo de Nat King Cole, dirigido sin éxito al público blanco, a una serie de singles de rhythm & blues (todavía no se lo llamaba soul) intentando diferentes registros, entre uno más bien ríspido a la manera de Ray Charles y un falsete a lo Smokey Robinson, con éxito modesto. La indefinición refleja sus inseguridades, propias de la juventud pero también influidas por la conflictiva relación con su padre, quien no creía en su talento y quería que cantara sólo música gospel.

Otro motivo de preocupación era el casamiento de Gaye con una hermana de Gordy, Anna, diecisiete años mayor que él. Al final de su vida, charlando con su biógrafo David Ritz, el cantante oscilaría entre presentar el matrimonio como una movida estratégica para ganar cartel, o bien como el lazo que lo esclavizaba a los designios del productor-dictador Gordy. Frecuentes depresiones lo llevaban a dudar de su talento y atribuir su posición al vínculo.

A mediados de los sesenta, la cosa pareció encaminarse cuando Gaye se reveló como un buen intérprete de dúos con parejas femeninas, en canciones de amor con arreglos orquestales al estilo de Phil Spector. La pareja ideal llegó con Tammi Terrell, de 22 años de edad, que venía de cantar con James Brown: juntos tuvieron una seguidilla de hits -la mayoría producidos por Nicky Ashford y Valerie Simpson- y al día de hoy constituyen el dúo más perfecto de la historia del soul, imitado pero nunca igualado. Quizás el secreto estaba en la vehemencia de Terrell, que permitía a Gaye asumir su lado femenino y entregarse por completo, suave pero enérgico, en verdaderas gemas del género como “Your precious love”, “Ain’t no mountain high enough” (ambas de 1967) o “You’re all I need to get by” (1968).

Pero el milagro no iba a durar: a mediados de ese mismo 1967, durante una presentación conjunta en Virginia, Terrell se desmayó en el escenario. Se le diagnosticó un tumor cerebral y ya no volvió a actuar, siendo sometida a complejas operaciones hasta su muerte en 1970. Esto no impidió que un segundo álbum y luego un tercero explotaran el éxito de la pareja en desgracia. Gaye confesaría después que en el tercer disco, editado en 1969, la voz femenina era en realidad la de Valerie Simpson imitando a Terrell, por orden de Gordy.

Mientras Tammi convalecía, Marvin grabó “I heard it through the grapevine”, una sesión producida por Norman Whitfield que en 1969 se convirtió en el disco más vendido del sello.
Pero Gaye pasaba por una seria crisis personal. Un matrimonio en crisis, la enfermedad de Tammi -con quien, contra lo que podría pensarse, no hubo romance-, la tirante relación con Gordy y la situación familiar acentuarían sus depresiones, que incluyeron algún intento de suicidio. Para colmo, como muchos músicos de entonces, Gaye recurría a la cocaína para reponer fuerzas, desarrollando una fuerte adicción que lo acompañaría por el resto de su vida.

QUE PASA, BROTHER. A fines de los '60 los negros peleaban abiertamente por sus derechos y el pop lavado y estratégico de la Motown, destinado a seducir al público blanco, resultaba obsoleto para ellos. La nueva música -del blues de Jimi Hendrix al soul primitivo del sello Stax- era más auténtica y radical. Gordy había puesto a Whitfield a escribir temas con alusiones políticas y psicodélicas para los Temptations en un intento por no perder el tren; pero era evidente que se trataba del mismo perro con otro collar.

La canción que Gaye presentó a la Motown después de un largo tiempo sin grabar sí era diferente. La batería, siempre al frente en los discos del sello, ahora estaba en un segundo plano, suavizada por una percusión de toques africanos que junto al bajo creaba un hipnótico groove; el resto de los instrumentos parecía envuelto en un bloque de cuerdas omnipresente, como una niebla; y la voz de Marvin flotaba por encima de todo eso con un tono calmo y natural, aprendido del saxofonista de jazz Lester Young, quien jamás sobreexigía a su instrumento. El coro era el propio Marvin, creando armonías consigo mismo en una mesa multipistas; y la letra tenía obvias alusiones a los disturbios raciales y la guerra de Vietnam, donde su hermano menor había combatido el año anterior.

En enero de 1971, el single “What’s going on” fue un éxito descomunal y el cantante tuvo que grabar a las apuradas el álbum que debía acompañarlo. Era tan diferente a todo lo que lo había precedido que, para conseguir su edición, tuvo que amenazar con irse del sello. What’s going on funciona como una larga suite basada en el tema inicial, con canciones dedicadas a la guerra, las drogas, la segregación social y hasta la contaminación ambiental. No había separación entre pistas, ni baladas edulcoradas, ni un hit bailable. Tanto Isaac Hayes (Hot buttered soul, 1969) como Curtis Mayfield (Curtis, 1970) habían jugado con estos elementos; pero Gaye fue el primero en utilizarlos para producir un disco conceptual a la manera de los que grababan por entonces los músicos de rock. Y su éxito trascendió el ghetto, con 2 millones de copias vendidas en los primeros meses; la revista de rock Rolling Stone lo consideró el mejor álbum del año.

En 1973 Let’s get it on, otro disco conceptual pero dedicado al amor físico, fue su mayor éxito de ventas. Para entonces otros músicos de Motown se habían animado a desafiar a Gordy y producirse a sí mismos (el más notable fue Stevie Wonder). De ahí en adelante, la carrera de Gaye fue lenta pero firmemente cuesta abajo: discos progresivamente más desvaídos y sobreproducidos, giras -que Marvin odiaba- hechas para pagar deudas y un consumo compulsivo de cocaína que por momentos convirtió su vida en un episodio de la película Boogie nights.

En 1977, Gaye se separó legalmente de Anna y le dedicó uno de sus discos más flojos, Here, my dear (1979), que abundaba en chicanas de dormitorio. Finalmente, y como quería, la Motown rescindió su contrato; pero sin un padre que velara por sus pasos (el verdadero se había dedicado desde siempre a ignorarlo), su vida se hizo aún más errática y sólo un hit para discotecas ("Sexual healing", 1982) pareció devolverlo al primer plano.

En marzo de 1984, después de una gira extenuante, Marvin paró en la casa paterna. Buscaba paz, y a su manera la encontró: el 1° de abril, día anterior a su cumpleaños número 45, una discusión con su padre derivó, por primera vez, en pelea física. Marvin Sr. fue a su habitación, tomó una pistola -que, irónicamente, su hijo le había regalado- y le disparó dos veces, matándolo en el acto.

El pastor pentecostal argumentó que había disparado en defensa propia; las huellas de golpes en su cuerpo y los rastros de cocaína encontrados en la autopsia convencieron al jurado, que lo condenó a cinco años en libertad condicional.

Desde entonces se suceden los tributos, las ediciones póstumas y la legitimación de un artista que peleó toda su vida para ser respetado por sus pares. La muerte le permitió cumplir el objetivo y, a la vez, le impidió disfrutarlo. Quedan los discos, que siguen transmitiendo la suave desesperación de su voz, la alegría, y sobre todo la seriedad que Marvin Gaye contribuyó a entregarle al soul.

El libro de la almohada

Publicado en El País Cultural, Montevideo, el 23-11-01.

Hace un milenio, mientras la civilización occidental se debatía en una extensa cruzada contra las tribus musulmanas (como se ve, una vieja costumbre), miles de kilómetros al este, Japón vivía un momento de estabilidad y prosperidad, acompañado de un gran esplendor cultural: el llamado período Heian, suerte de “siglo de Pericles” nipón que, en rigor, duró casi cuatro centurias (794 a 1185). Considerado el período clásico y fundacional de la literatura japonesa, es el momento en que el Imperio comienza a depender menos de la vecina cultura china y a crear su lengua y escritura propias. El arte tiene mucho que ver con esto: es común que los nobles lean y memoricen la poesía de sus antecesores, los concursos de poemas están a la orden del día y hasta los amantes furtivos están obligados, por rigurosa etiqueta, a enviar unos versos a la mujer cuyo lecho acaban de abandonar.

En medio de tal prosperidad surge -un poco como lo harían las lenguas romances a partir del latín vulgar- la escritura fonética japonesa, que simplifica los clásicos ideogramas de la china, dotándolos de personalidad propia. Como las mujeres tenían prohibido estudiar en profundidad el lenguaje chino -destinado, como el latín en Occidente, a la gran literatura y los documentos oficiales-, escribían en este japonés primitivo, que pronto manejaron con soltura: de ahí que fueran responsables de las grandes obras literarias del período. Eran mujeres de la corte, habituadas a estudiar a los poetas para entretener a las varias consortes del emperador, a quienes servían como damas de compañía. Las más famosas son Murasaki Shikibu, autora del Romance de Genji, y Sei Shônagon, conocida por El libro de la almohada, del que ahora llega la primera versión completa en español. Es el mismo que adaptó Peter Greenaway muy libremente (por no decir que agarró para cualquier lado) en su película Escrito en el cuerpo (The Pillow Book, 1997).

ANIMALES BORGEANOS. Rivales entre sí -aunque sirvieron a emperatrices diferentes-, Murasaki y Shônagon representan dos estilos distintos en la naciente literatura japonesa: el Romance de Genji (ver EL PAÍS CULTURAL N° 595, 30 de marzo de 2001) es una extensa y elaborada narración, con gran desarrollo de personajes y un tono reflexivo, casi melancólico, que hoy llamaríamos existencial. Por el contrario, El libro de la almohada es una colección de fragmentos escritos “al correr de la pluma” (en rigor, del pincel con que se dibujaban los ideogramas) a la manera de un diario, donde la autora describe su conducta y la de sus contemporáneos con tono juguetón y contemplativo. De hecho, estos fragmentos traen tanta información sobre la vida cotidiana de Palacio que hoy constituyen una de las principales fuentes para los historiadores del período.

Pero no hace falta ser un interesado en la cultura japonesa para disfrutar del Libro de la almohada. Su atractivo va más allá: de hecho, a menudo sorprende por su actualidad. El tono intimista de su prosa, presente aun cuando detalla el protocolo de alguna ceremonia oficial, consigue acercarnos a la historia pequeña, personal de los que allí estuvieron. Esta prosa en primera persona deja en el lector una sensación ambivalente: el esperable exotismo de la escena deja paso a una curiosa familiaridad, avivando el interés.

La edición castellana se compone de 185 fragmentos, en su mayoría breves y dispuestos sin orden aparente. No hay referencias cronológicas concretas más allá de las estaciones del año. Algunos de los textos son descripciones de algo que llama la atención de la autora, desde el rocío en los pétalos de una flor hasta la armonía de colores en los vestidos superpuestos de un noble: la descripción minuciosa del objeto y lo que su visión provoca insisten en un éxtasis de la contemplación, que uno diría "zen" si no fuera que este movimiento es dos siglos posterior.

Una segunda categoría corresponde a las listas de cosas o situaciones, ordenados desde los criterios más disímiles, como la famosa clasificación de los animales de Borges: cosas desagradables, "hierbas y arbustos", "cosas que emocionan" y así. Otra vez, lo elemental de la reflexión a menudo desarma al lector, que no sabe si maravillarse o compadecerse de la actitud simple y sin cuestionamientos de la escritora.

Pero sin duda los fragmentos más perturbadores son los francamente narrativos, en donde se cuentan anécdotas de la vida en palacio. Además de ilustrar sobre la vida cotidiana del Japón de entonces, ponen de manifiesto el carácter juguetón y desafiante de la propia Shônagon, no sólo ante sus compañeras sino también -y sobre todo- ante los hombres, aun los poderosos, que encuentra a su paso. La emperatriz Sadako, a quien Shônagon sirve, suele propiciar estos intercambios a veces verbales, otras epistolares, que ponen a prueba el ingenio de su sirviente, lo que sugiere que la tenía entre sus favoritas.

Shônagon tiene una mente brillante y lo sabe. El libro abunda en la réplica aguda, incluso mordaz, y el humor con que desnuda las pequeñeces y preocupaciones de todos los personajes de la corte sólo se detiene ante la familia imperial, hacia la que muestra una admiración incondicional. El pueblo, en cambio, es visto sólo ocasionalmente y a la distancia: "cuando me imagino como una de esas mujeres que viven en su hogar sirviendo fielmente a sus maridos -mujeres que no tienen la menor perspectiva interesante en la vida pero que creen ser perfectamente felices- siento un poco de desprecio”, dice en las primeras páginas del libro. Leyendo éste y otros comentarios, no sorprende que Murasaki la haya descripto como "terriblemente engreída" en su diario.


AMOR A LA CARTA. Más allá del tono contemplativo y despreocupado con que se describen las costumbres de palacio, hay un subtema escondido en buena parte de los fragmentos: el de la vida amorosa de la propia Shônagon, caracterizada por la perpetua seducción y el amor furtivo.

En el libro se describen y comentan las costumbres y etiqueta de los amantes ("un buen amante se conducirá con elegancia tanto en la oscuridad como en cualquier otro momento...”), pero Shônagon se cuida de contar historias personales. Sin embargo, muchas alusiones permiten suponerla una seductora consumada, que aprovecha su cultura literaria para hacerse atractiva e interesante. A diferencia de las mujeres del pueblo, las de la corte podían recibir hombres en sus aposentos e incluso pasar la noche con ellos sin ser socialmente reprendidas (aunque algunos hombres las tratan de frívolas). De hecho, la autora llega a recomendar un poco de "mundo" a sus congéneres antes de casarse: "podrían vivir por un tiempo en nuestro ámbito, y hasta asumiendo el papel de asistentes, de modo que pudieran conocer las delicias que nuestro mundo tiene para ofrecer”.

Intentar descubrir entrelíneas en la vida amorosa de Shônagon se convierte en un juego fascinante, porque el texto da a entender que la autora esconde mucho más que lo que dice. En uno de los fragmentos, Shônagon se mofa repetidamente del guardabosque Narimasa, a cuya casa se ha mudado la Emperatriz con su séquito. Después de soportar sus bromas durante el día, el dueño de casa aprovecha una cerradura rota para abrir la puerta del cuarto donde duermen las damas de compañía, ansioso por hablar con ella. "¿Se me permite entrar?”, repite en el umbral, ante la risa de las jóvenes. Shônagon, que califica de "lasciva" la conducta de Narimasa, le niega el ingreso. Después escribe: "¡Qué absurdo! Una vez que había abierto la puerta, lo lógico habría sido que avanzara de una vez, sin volvernos a pedir autorización. Pues ¿qué mujer le habría dicho ‘por favor, pasa’?”

Unos días más tarde, cuando Narimasa desea comunicarle algo, Shônagon acude ante su presencia. "Me preguntaba si Narimasa haría alguna referencia a su visita de la otra noche y sentí que mi corazón latía con violencia”, admite, "pero no dijo nada... ”. Un diálogo posterior con la Emperatriz, pleno de eufemismos, da a entender que todos están enterados del cortejo. Pero el episodio termina allí.En otras ocasiones, Shônagon apunta al pasar la belleza de algún servidor de la corte, para luego conversar con él: pero si el diálogo dio lugar a un contacto más íntimo, sólo podemos imaginarlo. A menudo la narración se interrumpe en el momento en que esto empieza a ser evidente.

Otro consejero de palacio, el Capitán Tadanobu, aparece varias veces a lo largo del libro, alternativamente peleándose y amigándose con Shônagon. Los diálogos e intercambios de mensajes con Tadanobu son verdaderos duelos verbales, a menudo con la presentación de poemas incompletos a manera de acertijos (el destinatario debe completarlos). Todo indica que se trata de un juego de seducción prolongado en el tiempo, pero otra vez Shônagon está lejos de admitir interés de su parte, aunque apunte al pasar que Tadanobu "se veía magnífico siempre que venía a verme”. Es decir, se dirige al lector con las mismas indirectas que destina a los hombres. Tal vez era engreída, después de todo.

Es en estos momentos cuando más contemporáneas suenan las palabras de Shônagon. No sólo reflejan una astucia indisimulable por su parte, sino también cuán poco han cambiado algunas cosas en un milenio. Por otro lado, la combinación de estos ocultamientos con una prosa transparente conforma una estrategia narrativa absolutamente moderna. Decir una cosa y significar otra: decir sin decir, tal es el juego que la autora domina naturalmente, nueve siglos antes de que Chéjov y Katherine Mansfield fundaran con los mismos elementos el cuento psicológico, cuya vigencia se mantiene hasta nuestros días.

En este punto, cabe preguntarse si no incidirá en la lectura el trabajo del traductor. Amalia Sato, una argentina descendiente de japoneses, se basó en una versión inglesa y otra en japonés moderno. En una entrevista del diario Clarín aclaró, como para cubrirse: "toda traducción es inevitablemente una lectura de época, y ésta será uno de los posibles reflejos de la obra de Sei [...] Sin embargo -agrega-, el carácter desestructurado y abierto de su estilo -que refleja muy bien ese consejo que se daba a las damas de la Corte: caminar con elegancia, pero reservándose cada tanto un movimiento de arrastre de las sedas- le daba a la lectura y su traslado una frescura que se disfrutaba. Y una se sumergía en un presente sin distancias.”

EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS. Si la discreción de Shônagon es impenetrable, intentar averiguar algo más sobre ella equivale a andar a tientas: tal el misterio del Libro de la almohada. La lectura despierta diversas preguntas: ¿los fragmentos fueron escritos a medida que iban ocurriendo los sucesos y luego reunidos, o rememorados más adelante? ¿Sabía Shônagon que iban a ser leídos? Si es así, ¿por qué humilla en más de una ocasión a sus compañeras y conocidos, que iban a ser sus primeros lectores? Si no iba a divulgarlos, ¿es entonces sincera su admiración incondicional por la familia imperial, la única que se salva de sus constantes burlas y pullas? ¿Se condice esto con la obvia inteligencia y hasta cinismo de su carácter?

"Aunque mis anotaciones son triviales y sin importancia, podían parecer malintencionadas e incluso peligrosas a otros, por eso he tenido cuidado en no divulgarlas", dice Shônagon en el fragmento que cierra el libro. A mitad del volumen había sido más ambigua al acotar, respecto de uno de los elementos de sus listas: "sé que es un asunto muy vulgar y que todos se disgustarán porque lo menciono. Pero lo hago igual, de hecho me siento con la libertad de incluir todo [...] Después de todo, estos objetos existen en nuestro mundo y todos los conocen. Admito que no figurarían en una lista que otros puedan ver Pero nunca pensé que estas notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí todo lo que se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuera.”

Como los cuadernos originales se han perdido -el texto actual se obtuvo de la comparación entre varias copias posteriores- no se sabe en qué momento de su vida escribió Shônagon el texto, ni qué correcciones pudo hacerle antes o después de hacerlo público.

Fuera de lo que dice de sí misma en el libro -que es poco- casi no hay datos sobre la autora. Su apellido verdadero es Kiyohara ("Sei" viene de la lectura china del primer ideograma del apellido), mientras que el término "Shônagon" sólo designa su cargo en la corte: "ayudante de menor rango". Sato apunta en el prólogo: "se dice que nació en 966 y que era hija de Motosuke, estudioso y poeta de cierta reputación “. Durante la década de 990 sirvió a la emperatriz Sadako, diez años menor que ella, y a su muerte (de parto, en 1001) habría servido, según diferentes versiones, a la hija de Sadako, Shûshi, o bien a la prima de ésta, Akiko (a quien también sirvió Murasaki, la autora del Romance de Genji). Pero aquí ya se entra en el terreno de la conjetura. Casi todas las versiones coinciden en que murió anciana y pobre.

La curiosa ordenación de los fragmentos resalta el poco interés de Shônagon por hacer historia en el sentido lato del término. Un texto puede comenzar: "cuando guardábamos luto por el Canciller...”, pero la narración siempre se desarrolla antes o después de los hechos importantes, que nunca son narrados directamente (probablemente porque la historia oficial del Imperio era tarea de los literatos hombres, que escribían en chino). Tampoco se habla de la muerte de Sadako, aunque da la impresión de que el libro fue terminado con posterioridad.

El famoso texto final, "Anochece", es el que arroja más pistas en este sentido. Allí se explica el origen del libro: Sadako recibió una pila de cuadernos y al no encontrarles utilidad ("el Emperador ya está redactando los Anales de Historia”) se los dio a Shônagon ("comencé a llenarlos con el relato de rarezas y toda clase de asuntos”). Algunas frases ("me gustaría dejar terminadas mis notas por completo...”) sugieren que este texto es un agregado posterior, concebido como cierre.

Pero la traductora nos advierte: se sospecha que este fragmento no fue escrito por Shônagon. En el último párrafo se utiliza el adjetivo tawabureni para significar "entretenimiento", mientras que en otras 466 ocasiones la autora había preferido otro término, okashi. El tono reflexivo y melancólico del fragmento también se diferencia del resto.

En todo caso, la lucidez y frescura de esta cortesana milenaria sirve para sustraer al lector de los problemas de la actualidad, marcando una línea divisoria entre lo que es pasajero y lo que se repite a lo largo de siglos y civilizaciones. A cambio, propone la aventura de descifrar el pasado remoto al compás de una voz increíblemente cercana. Tal el encanto del Libro de la almohada.